Hay momentos en la vida en los que uno quiere algo con toda el alma. Un proyecto, una relación, un cambio, una meta. Y no resulta. Se intenta una vez. Dos. Diez. Se insiste, se ajusta, se vuelve a insistir… y nada. Entonces aparece la pregunta incómoda: ¿estoy siendo perseverante o simplemente me estoy desgastando? Porque insistir es una virtud… pero también puede convertirse en una forma silenciosa de perderlo todo.
A veces seguimos empujando no porque vayamos bien, sino porque nos da miedo parar. Confundimos movimiento con progreso. No todo esfuerzo suma; hay esfuerzos que solo consumen energía.
Desistir solo cuando en lugar de ganar estamos destruyendo
No todas las negativas son obstáculos. Algunas son mensajes. La vida también habla cuando no responde, cuando se traba, cuando se repite el mismo resultado.
Insistir no significa hacer exactamente igual una y otra vez esperando un resultado distinto. La verdadera perseverancia incluye pausa, lectura del entorno y cambios reales. Si nada cambia, no es insistencia: es terquedad.

Hay relaciones, trabajos o proyectos que se deterioran no por abandono, sino por exceso. Por forzar tiempos, respuestas o resultados. Lo que iba bien, empieza a romperse cuando se empuja más de la cuenta.
Hay renuncias inteligentes. Cerrar un camino puede ser la forma más clara de proteger lo aprendido, lo ganado y lo que todavía está intacto. Soltar también puede ser una decisión fuerte, no débil.
Conclusión
Insistir es valioso. Pero saber cuándo insistir lo es aún más. A veces la pregunta no es “¿debo seguir?” sino “¿esto todavía me está construyendo… o ya me está desgastando?” Porque hay luchas que te hacen crecer. Y otras que solo te enseñan cuándo es momento de cambiar de rumbo.